2 de octubre de 2009

Charlas con Kabikk En defensa del maíz criollo


Sergio Madrigal


En defensa del maíz criollo Somos lo que comemos…Proverbio popular Somos hombres de maíz…Guillermo Bonfil Batalla Los epígrafes anteriores son elementos fundamentales del presente texto sobre el impacto de la contaminación genética de los maíces criollos en México. A partir de ellos, se pretende ubicar en su justa dimensión la lucha por la defensa del maíz en México como cuna y centro de diversidad del mismo, así como generador del mosaico que hoy conforman las culturas mesoamericanas. Y es que, más allá del discurso anti-transgénico actual centrado en la tecnología agresiva, el mercado global, la salud atentada, la pérdida de biodiversidad, etc., lo que persiste, en el fondo, es una simbiosis real entre el campesino y el maíz. Simbiosis entendida como la co-dependencia que se establece entre dos especies dentro de una cadena alimenticia y que, en este caso, rebasa dicha dimensión conformando elementos inseparables de las formas de relación y apropiación de los seres humanos con la naturaleza, es decir, la conformación de su cultura. Es a partir de esta simbiosis que se han generado enormes avances en ambos sentidos. Para el maíz, única planta en la naturaleza que necesita de la intervención del ser humano para sobrevivir[1], desde su domesticación 7 000 a 10 000 años atrás, hasta la adaptación de miles de variedades comprendidas en 41 razas que aun existen en México, de acuerdo a los climas, altitudes, latitudes y sistemas de cultivo en cada caso concreto. Y para el ser humano, la creación y perfeccionamiento del maíz, devienen hechos concretos que establecen el punto de partida para la conformación de las diversas y milenarias culturas e identidades sociales en todo Mesoamérica. Por tanto, co-dependencia y co-evolución entre ser humano y maíz conforman, por sí mismas, la quintaesencia de la lucha posible contra la erosión del grano y semilla, del alimento y cuerpo, de la energía y el alma, de la unidad y la diversidad, de la cultura e identidad, de la simiente que permite fecundar, sobrevivir, reunir y narrar… Hoy día, en que alrededor de la mitad de la población humana depende directa o indirectamente del cultivo del maíz y que la contaminación de maíces criollos es un hecho en varios países de América Latina, nuestro país, y Mesoamérica en su conjunto, cuna y diversidad mundial de esta planta, se debate entre la apertura o no de sus fronteras a la introducción de maíces transgénicos, entre leyes de bioseguridad tan endebles como el peso social de los argumentos en contra de sus flexibilidades…lo que se está poniendo en juego, en última instancia, es el fin de la co-evolución de dos especies que se han conformado a partir de lo que mutuamente se han permitido y procurado. Por tanto, una postura consecuente debería ser un NO rotundo a la introducción de cualquier material antinatural para la alimentación humana, la implementación de programas de recuperación genética de los maíces criollos contaminados y el incentivo regional para salvaguardar las culturas locales basadas en el maíz. Planteado de esta manera, el lector podría identificar dicha postura como radical y reaccionaria al proceso de desarrollo que está siguiendo nuestro país como actualización en el concierto global. Y tal vez tenga razón…
Sin embargo, he decidido, por convicción, no guardar mis impresiones y expresiones personales al respecto en el cajón de la neutralidad aparente de la ciencia, en aras de conservar una postura benevolente, pero falsa.


[1] No en vano, el maíz se ha convertido en la planta más domesticada y evolucionada del reino vegetal y, para Arturo Warman (1993), la única planta equiparable al ser humano en la escala animal.

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