6 de julio de 2009

El medio ambiente en juego

Enrique Piedra

En un corto periodo de tiempo, las actividades industriales de un sistema neoliberal impulsadas por la globalización del capitalismo han alcanzado gran intensidad, y sus efecto son cada vez más visibles, por el afán de acumular más capital, sin pensar en las alteraciones resultantes y sus efectos globales o locales que resulten de estas actividades humanas, como el aumento en la temperatura que desencadenan fenómenos metereológicos, ciclones, inundaciones, sequías y contaminación con los desechos. Sabemos cómo disminuyen los glaciares, el aumento de dióxido de carbono, la reducción a gran prisa de la cobertura vegetal en la región (caso Zoncuantla y Tecozolco), desertificación de regiones, disminución de mantos acuíferos, basura sin control y agua contaminada. En ocasiones auspiciado todo esto por autoridades.
En la producción de monocultivos industriales aplican agroquímicos a gran escala y muy contaminantes, enormes insumos para los productos como colorantes, saborizantes, conservadores, etc., sin importar que no nutran. Las propuestas impulsadas por organismos internacionales y nacionales con tintes monopólicos transnacionales y las instancias de gobierno de los tres niveles defienden y cobijan esta industria bajo el término de desarrollo, sin importar el daño que causa a los ecosistemas y agro ecosistemas productivos.
El bloqueo al desarrollo rural y a los mercados de productos que se cultivan mediante la agricultura diversificada, orgánica o sustentable menos contaminante del campesino rural, la quieren desaparecer, a través de subsidios a la agricultura industrial monopólica de los países de primer mundo. La TASA de deforestación de millones de hectáreas por año para establecer estos cultivos en países menos desarrollados (Brasil entre otros) causa pérdida de la biodiversidad, degradación y erosión de suelos, cambios hidrológicos con grave escasez de agua y los conflictos que se originan por obtenerla y el paso para su privatización.
Tenemos que asumir y expresar ese impulso de resistencia entre las comunidades, colectivos indígenas y campesinos, los urbanos de los barrios y la ciudadanía propia en defensa de la vida y de nuestro medio ambiente. Ese pensamiento colectivo es la fuerza de construcción en común, en la cual se enfrenta y transforma el mundo. Porque los saberes no son cosas, son tejidos, son relaciones humanas, comunitarias. Si esos saberes locales los vemos como cosas, nos quedaremos en la nostalgia de lo que se pierde, nos quita o nos privatizan.

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