Enrique Piedra
Las abejas silvestres sin aguijón, de los géneros Trigona y Melipona, son un cultivo o arte prehispánico desarrollado en los estados de Campeche, Oaxaca, Puebla y Yucatán, donde se aprovechaba la miel, huevos, larvas y pupas para el consumo humano y como forma de comercio Mesoamericano. Melgarejo, encontró en escritos de Bernal Díaz del Castillo (1981) que en el tianguis de Tenochtitlan, los Aztecas comercializaban la miel y un manjar llamado “mazamorrea”, elaborado con harina de maíz y miel, así como licor de miel. Los panales se localizaban en la parte alta de árboles. Para obtener la miel por recolección y por otro lado mediante cría, ahuecaban troncos cortados y los cubrían con tablas o rejas.
La miel virgen, polen, los propóleos obtenidos y la cera amarilla llamada “cera de Campeche”, son de calidad superior.
Estas abejas por carecer de aguijón y ser dóciles son una alternativa para polinizar y ser manejadas en las prácticas con niños, niñas y jóvenes en huertos frutales, hortícolas escolares o de traspatio y solares familiares en las comunidades rurales, como parte del desarrollo sostenido y de una herencia cultural indígena.
Chávez (1954), dice que la producción por cajón era aproximadamente de 3 a 4 libras de cera (libra=0.46 Kg) y de 40 a 50 cuartillas de miel (cuartillo= 2.0 litros). Se castraban 3 a 4 veces por año, es una apicultura rústica o antigua.
En la apicultura moderna, otra fuente nos indica que las primeras abejas domésticas italianas con aguijón, Apis melifera, fueron introducidas al Continente Americano durante el siglo XVII. Además, el Banco de Avio elaboró una encuesta entre 1830 y 1837 sobre abejas de Veracruz, encontrando esta actividad en Jalapa, Córdoba, Orizaba y las villas de Huatusco, Zóngolica, la Hacienda de Pacho y Teocelo.
Actualmente participan aproximadamente 40 mil productores con 2 millones de colmenas. Nuestro país ocupa el quinto lugar en producción y el tercero en exportación hacia Japón, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, lo que le da un valor económico y social.
El entorno ecológico-vegetal es de gran importancia, y en la apicultura no es la excepción, por su carácter polinizador natural que ejerce su actividad por “pecoreo”, es decir, la extracción del néctar de las flores en las variadas especies de la flora local y que de ésta depende la alimentación de las abejas, así como la producción de miel.
Lamentablemente la deforestación acelerada de muchas especies de gran valor en la flora polinífera y nectarÍfera local e intermunicipal, ha provocado una considerable baja en la captación de mieles de café, chalahuite, acahual (mozote, jaramao, árnica, hebo), cítricos, mezquite, cucharo, multiflora y mangle entre otras mas. ¿Es o será que esta actividad tienda a desaparecer por no alcanzar un desarrollo sostenido de producción?
Como consecuencia, la deforestación hace disminuir el área florística, implicando: cambio climático, menos precipitación, pérdida de la biodiversidad, erosión hídrica (agua) o eólica (viento) y bajos volúmenes de producción agrícola. Es importante contribuir al potencial biodiverso de la flora, como fuente de alimentos de las abejas, no por el sólo hecho de obtener mieles, sino por los múltiples beneficios que obtenemos (frutos, madera, forraje, alimentos, sombra, refugio de aves, regulación climática, suelo y agua que trae la conservación de la cubierta vegetal). Además, la miel es un alimento importante, contiene enzimas, aminoácidos, tiene acción bactericida, empleo terapéutico en afecciones y desequilibrios nutricionales. Es un producto de gran valor, elaborado noble y laboriosamente por las abejas.
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