4 de noviembre de 2013

VISITA A LA CUEVA DEL MUERTO

TOMADO DE LA SEGUNDA PARTE DEL LIBRO “MIS RECUERDOS”, ESCRITO POR EL PROFR. RAFAEL MARTÍNEZ MORALES DE IXHUACÁN DE LOS REYES, SE REPRODUCE A CONTINUACIÓN LAS PÁG. 15 A 17

Un día reunidos varios jóvenes allá en el pueblo, inventamos salir al campo como exploradores, y decidimos visitar la cueva del muerto; no sabemos por qué le pusieron ese nombre, pero el motivo es fácil de suponer.

Es una de las varias cavernas que existen en las montañas que circundan al pueblo de Ixhuacán.
Elegimos para visitarla el 22 de mayo de 1970, fecha en que por cierto, celebraba yo el decimotercer aniversario de mi casamiento.

Otro grupo de paisanos la había visitado antes que nosotros, y como tuvimos la oportunidad de ver en el pueblo dos grandes y toscos jarrones de barro que habían encontrado en ella, quisimos conocerla y ver qué más podríamos encontrar.

Además de linternas con pilas, llevamos algunas cuerdas, algo para comer y refrescos, ya que en esa época del año en lugares como ese es difícil encontrar agua limpia para beber.

Salimos hacia el oriente, y después de caminar aproximadamente seis kilómetros, entramos en una desviación que era entonces el antiguo camino que conducía a Patlanalán, del estado de Puebla (se le llamaba la desviación del aguacate).

Desde que dejamos el camino, una vez internados en el monte, nos retardamos un poco para llegar a la cueva, no tanto por la distancia sino porque la maleza nos obligaba a caminar despacio.

Finalmente llegamos, y para entrar a la cueva tuvimos que recorrer una parte inclinada ayudándonos de una cuerda que por precaución atamos al tronco de un árbol. Después de la pendiente había que saltar una separación entre las rocas; dicha separación no era tan grande, como peligrosa, pues si no se tenía el debido cuidado podíamos caer a un precipicio hondo y oscuro del que no saldríamos con vida.

Una vez librado ese obstáculo, recorrimos parte del interior de la caverna. Además del gusto por explorar, llevábamos la esperanza de encontrar algunos objetos de nuestros antepasados; pero con excepción de una tosca piedra cilíndrica que tal vez sirvió como metlapil, sólo encontramos restos de las fogatas que encendieron las personas que visitaron el lugar antes que nosotros.

Internándonos un poco más, nos dimos cuenta de que la oscuridad era total; había murciélagos por millares, adultos y pequeños suspendidos de las rocas que forman el techo; muchos de ellos, al ser sorprendidos por nuestra presencia, se desprendieron, y en su vuelo casi rozaban nuestras cabezas con sus alas membranosas.

En una de las partes inaccesibles del interior de la cueva, existe un hueco de forma casi circular, como si se tratara de una graciosa y romántica ventana que da hacia el río que corre como a treinta metros abajo, al pie de las grandes rocas cortadas a tajo en forma vertical, como si todo en conjunto hubiera sido diseñado y construido para admiración nuestra.

El ambiente bochornoso y húmedo, así como el olor desagradable que percibíamos, no nos permitieron permanecer mucho tiempo en el lugar, y al ver que nada había ya que pudiéramos llevarnos decidimos salir.

Ya estando afuera reíamos al ver lo sucio de nuestras ropas y de nuestros zapatos por habernos atascado en el lodo y en las heces de los murciélagos; heces que inundaban el suelo de ese escondido refugio de nuestros antepasados.

A veces nos quejamos por no tener todas las comodidades que deseamos; no nos conformamos con lo que poseemos. ¿Hemos pensado alguna vez en las condiciones climáticas y de todo género, a las que se enfrentaron nuestros antecesores?.

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