4 de noviembre de 2013

DÍAS DE MUERTOS

Jorge Salazar García

La muerte es parte de la vida. La sobrevivencia misma, paradójicamente, depende de ella. Es un misterio que evoca temor y respeto en todas las culturas del mundo. El hombre, al no encontrar respuesta a la pregunta de por qué morimos, le ha rendido culto de manera especial a lo largo de la Historia.

Los pueblos de la América prehispánica realizaban ritos relacionados con este importante evento y debido a sus significados profundamente humanos, aún hoy se conservan  algunos elementos esenciales que le caracterizaron en su tiempo. En México, a esa costumbre, le llamamos “Días de Muertos” (Miccailhuitontli) y le dedicamos varios días del calendario. Tiene sus orígenes en la época precolombina y sigue practicándose desde la sierra Tarahumara hasta la  península de Yucatán.

 Nuestros antepasados no creían en la existencia de  un lugar en el que se sufriera más después de morir. Pensaban que  había lugares especiales para cada tipo de fallecimiento (uno para el guerrero, otro para los ahogados, etc.) desde donde se podía acceder al reino de los muertos (Tlalocan). Ahí, después de agradecer los dones recibidos en vida, se fundían con el agua, el fuego, el aire y la tierra regresando a formar parte del Universo.

  Los indígenas consideraban que la Muerte (Mictlantecutli) no era un castigo sino un suceso natural. No le temían; la hacían su aliada para que ésta les liberara de sus angustias terrenales e intercediera ante sus Divinidades por ellos. Esta cosmovisión les llevó a observar una vida de respeto por la Naturaleza y sus Dioses.

Su culto permitía a las comunidades agradecer a la naturaleza las buenas cosechas otorgadas, e involucraba a todas las clases sociales. Era aprovechada para convivir y   transmitir sus  creencias a las nuevas generaciones y llegó a convertirse en útil pretexto para reactivar la economía regional ya que propiciaba el trueque, incentivaba la agricultura, el comercio, las artesanías y, por supuesto, fortalecía su identidad y sentido de vida.

Durante la colonia, las costumbres y tradiciones de las naciones indias fueron prohibidas. Algunas desaparecieron; otras, se modificaron incorporándoles elementos de la cultura occidental que los españoles trajeron consigo.

Este sincretismo transformó la celebración de las fiestas Aztecas, Mayas, Totonacas y demás etnias sojuzgadas; sin embargo, no obstante la represión de que fueron objeto, no cesaron en su empeño por conservarlas. Esta situación, obligó a la Iglesia a tolerarla en cierta medida, mientras que por otro lado imponía la celebración de “Todos los Santos” (instituida por el Papa Gregorio IV en el año 835) para disminuir la “idolatría” y proseguir con la encomienda evangelizadora de los conquistadores.
Afortunadamente, la tradición se conservó y se continúa celebrando de tantas y variadas formas como distintas regiones conforman el territorio nacional; conservando, en muchos lugares, los elementos éticos, sociales y humanos que le son propios desde su orígen.

En algunos lugares, se inicia días antes de las fechas establecidas formalmente (1 y 2 de noviembre), arreglando las tumbas, pintando las casas, elaborando canastitas de cartón y papel picando, buscando las fotos de los familiares muertos, comprando veladoras, incienso y otros productos que dependen de la región y el nivel socioeconómico de quiénes practican la tradición.

Son comunes los altares adornados con la flor de muerto (Cempaxóchitl) donde se ofrenda el tradicional chocolate y el riquísimo pan de huevo; los sabrosísimos tamales y otros alimentos como: dulces de jamoncillo, ate, membrillo, pepitoria, pulque, natillas, calaveras de azúcar, mole, pinole, champurrado, atole, vino; camote, calabaza y tejocote en dulce, cigarros, agua,  etcétera, para que su esencia alimente los espíritus de los seres queridos fallecidos.

Las personas se reúnen en las casas y en los panteones; platican, cantan, bailan, comen, ríen, compartiendo penas y alegrías con sus familiares y  conocidos.

Con la tradición de “Días de Muertos” se reafirma el amor filial, el respeto por la vida y la muerte, la solidaridad, la cooperación, el trabajo, la gratitud y otros valores que hacen de ella una hermosa costumbre que debe conservarse y transmitirse; ya  que trasciende los simples aspectos materiales de diversión y se convierte en crisol de la conciencia e identidad nacional.

 La CNTE, cumpliendo con el Artículo 3º, para fortalecer y difundir nuestra cultura,  invita a los compañeros de trabajo y padres de familia a poner altares en sus casas junto con sus hijos y a participar  en las actividades que para tal fin se programan. Estamos seguros que así se afianza el orgullo de ser mexicanos.

Es triste que algunas personas confundan     la tradición de “Día de Muertos” con   el Halloween, que no tiene nada que ver con nuestras raíces. Tal vez se deba a que ignoran sus significados y consecuencias o porque algunos docentes, en el jardín de niños, y los grandes comercios, lamentablemente, promueven esa costumbre extranjera carente de elementos formativos que daña la personalidad de los niños y el bolsillo de los padres.

Las siguientes frases muestran las opiniones expresadas por instituciones, pedagogos, psicólogos y sociólogos sobre el Halloween:

“Es una oportunidad para liberarse de nuestra identidad”
“Es una fiesta que se implanta desde la vertiente comercial”
(Instituto de Cultura, España)
“Desfigura el sentido humano de la vida y de la muerte”
(Stanilas Lalane)
“El pedir de casa en casa golosinas amenazando, fomenta en los niños una personalidad egoísta y egocentrista”
(Inspector escolar de Francia)
“...no es un día festivo; es la comercialización de un acontecimiento...”
( Robert Rochefort)
“...es la fiesta más importante de los satanistas del mundo entero...”
(Jean Bonfil)
“...podría reemplazar a la fiesta de difuntos, haciendo felices a los comerciantes..."
(Le Monde)
Corresponde a los adultos conocer y transmitir el significado de las tradiciones para evitar confusiones con otras costumbres  que alteran la esencia de nuestra identidad.


Elaborado por Jorge Salazar García

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