No ha cumplido un año al frente de la presidencia de la república y Enrique Peña Nieto ya unió a México, pero en su contra.
Y es que el regreso del PRI a Los Pinos viene con todo el encono y la soberbia de una élite económica y política, en alianza perversa con partidos políticos y medios de comunicación, maiceados a la usanza del “carro completo”
Desde el Pacto por México, el PRI-Gobierno pretende reorientar la economía y la política, luego del fracaso de 12 años de administraciones panistas y la descomposición del PRD.
En apenas diez meses, las iniciativas presidenciales aprobadas por diputados y senadores en el Congreso de la Unión ya provocaron el rechazo popular, que se manifiesta en calles y plazas públicas de todo el país.
Dictadas desde las grandes empresas trasnacionales y los organismos financieros internacionales, las reformas en materia educativa, energética, financiera, hacendaria y en telecomunicaciones, pretenden enganchar a nuestro país a la voracidad de la economía global, al costo que sea…
Por lo pronto, el cuento de la reforma educativa, léase laboral, ya provocó que maestros, padres de familia y alumnos le quitaran el control de las escuelas al gobierno y esta semana la insurrección magisterial cumplirá un mes con nuevos aliados en las plazas públicas.
Viene además otra oleada de protestas en defensa del petróleo y la electricidad, para oponerse a la reforma energética avalada por los poderes ejecutivo y legislativo, quedando la Suprema Corte e Justicia de la Nación como el último recurso para revertir el intento privatizador de Peña Nieto.
El linchamiento mediático que descalifica cualquier tipo de manifestación y el uso de la fuerza pública para acallar las protestas, está poniendo a los héroes como villanos y a los villanos como héroes, en otro septiembre negro.
Los gobernadores, congresos estatales y ayuntamientos, pretenden servir de correas de transmisión de la voluntad presidencial –sordos al reclamo de la ciudadanía-, por lo que la siguiente fase de la lucha popular en México podría llevar a una masa enardecida a tomar no solo plazas públicas, sino además las carreteras, casetas de cobro, palacios municipales, sedes legislativas, palacios de gobiernos y hasta medios de comunicación.
Como se ve, cuando el poder no rinde cuentas y se niega a escuchar a los que mandan –a los ciudadanos- se corre el riesgo de provocar la violencia y la ingobernabilidad.
En otros escenarios, los agravios del nuevo gobierno, en alianza con la partidocracia, refuerzan en el ciudadano la idea de que cada tres y cada seis años elegimos a nuestros propios verdugos.
¿Qué sigue?
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