TOMADO DEL LIBRO “MIS RECUERDOS”, ESCRITO POR EL PROFR. RAFAEL MARTÍNEZ MORALES DE IXHUACÁN DE LOS REYES, SE REPRODUCE A CONTINUACIÓN LAS PÁG. 105 Y 106.
Allá por 1900, llegó a Ixhuacán el señor Luis G. Flores a hacerse cargo de la escuela de dicho lugar. Después de haber trabajado en ella durante 9 o 10 años, pasó al pueblo de Naolinco también como mentor. Por su entrega y dedicación, mereció que la escuela primaria de Ixhuacán llevara su nombre.
Por esas mismas fechas empezó a dar clases en forma particular la Profra. María Luisa Flores, a quien el pueblo llamaba cariñosamente “Luisita”.
El hecho de ser él Luis y ella Luisa, ha dado lugar a confusión entre los jóvenes, porque además ambos llevaban el apellido Flores. Desde luego que no hubo parentesco entre ellos; además él procedía de Izúcar de Matamoros, del estado de Puebla, pero se sabe que nació en Salamanca, Guanajuato (también existe la versión de que la “G.” significa Gerardo, no Gonzaga). Ella fue originaria de Ixhuacán, Veracruz, en donde una de las calles lleva su nombre.
La casa de Luisita se dividía en dos partes: la que habitaba ella por el lado sur, y la carpintería de un hermano suyo por el norte.
Ella impartía sus clases en una habitación de su casa en la que había un balcón que daba hacia la calle. Muchos años después en que me tocó ser su alumno, recuerdo que nos exhibía en esa balcón como chamacos de mala conducta cuando hacíamos travesuras, o como flojos si no cumplíamos con las tareas. En ese balcón permanecíamos de pie un buen rato con dos o tres libros en cada mano. Además de ese castigo, nos dejaba sin recreo, o nos ordenaba extender la mano para recibir un reglazo, que por mi propia experiencia, puedo asegurar que no era dado con mucha fuerza.
Recuerdo que una de mis travesuras consistió en haber empujado, a la hora del recreo, a uno de mis compañeros, quien por estar cerca de una cerca de tablas que formaba parte de una casa, la golpeó, y al momento se dejó oír un ruido de platos que rodaron por el suelo en el interior de la casa. Mi susto fue grande al imaginarme la reprimenda que me daría mi padre, además de que él tendría que pagar los platos rotos.
Como mi cada de mustio le parecía a Luisita cara de niño bueno a pesar de ser travieso, quiso que en un sainete hiciera yo el papel de “soldadito de Jesús” (no olvidemos que fue muy religiosos y por eso le agradaban esos temas). Al ver que me rogaba, yo me daba importancia negándome, y entre chantaje y chantaje, triunfó el suyo cuando me dijo: “Ya pagué los platos que rompiste, pero si no aceptas, contaré todo a tu padre”. Entonces me dije: “Aprovecha Rafael, este es el mejor momento para lograr tu tranquilidad”. Y acepté. La carpintería de Don Rafael (tal era el nombre del anciano hermano de Luisita) olía muy mal porque por aquellos años no se conocía otro pegamento para la madera, que una sustancia de mal olor, llamada cola. El mal olor de esa sustancia, nada tiene que ver con su nombre; es sólo coincidencia, no seamos mal pensados. A los chamacos no nos importaba el mal olor cuando queríamos que Don Rafael nos hiciera un trompo; él nos lo hacía sin cobrarnos, siempre que le ayudáramos dando vueltas al torno, para realizar los trabajos que le pedían sus clientes.
Como Luisita ya no tenía familiares, al morir heredó su casa al municipio de Ixhuacán. En ese lugar se encuentra actualmente la Casa de la Cultura.
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