TOMADO DEL LIBRO “MIS RECUERDOS”, ESCRITO POR EL PROFR. RAFAEL MARTÍNEZ MORALES, DE IXHUACÁN DE LOS REYES. SE REPRODUCEN A CONTINUACIÓN LAS PÁG. 23 Y 24
En Ixhuacán los señores saludaban tocando con la mano derecha la parte delantera del ala de sombrero, o levantaban éste ligeramente, al mismo tiempo que hacían una pequeña reverencia.
Los adultos, además de divertirse jugando a la baraja, jugaban a los volados, a la rayuela, y a la changuita, que consistía en echar tres monedas en la copa de un sombrero, el cual se ponía con la boca hacia abajo después de moverlo con las monedas en su interior. Entre los presentes, quienes querían apostaban al águila o al sol. Las apuestas eran de dos, cinco y diez centavos.
Se decía en mi pueblo: “Le mando memorias” en vez de decir: le mando saludos, como se dice ahora.
Cuando fui niño se usaban monedas de color del bronce, de uno y de dos centavos; también hubo otras de metal blanco, de cinco y diez centavos, que llevaban en una de sus caras el Calendario Azteca.
Hubo monedas de plata de veinte, de cincuenta centavos y de un peso, con la graduación 0.720. Posteriormente aparecieron otras monedas también de color del bronce, de cinco, veinte y cincuenta centavos. Conservo ejemplares de las que he mencionado.
Para evitar que los animales comieran el maíz que se sembraba, se embadurnaba con alquitrán y se revolcaba en ceniza.
El maíz y algunas legumbres como el frijol y las habas, se comercializaban por litros. Había medidas de madera con capacidad de uno y de cinco litros. También se compraba el maíz por cuartilla que equivalía a treinta litros.
Algunas veces mi esposa y yo visitábamos a mi tío abuelo José Martínez en su rancho de Nepalcuauhtla, entre imponentes montañas. Mucho se disfruta la naturaleza en esos lugares. Mi tío abuelo, además de poseer vacas, un rebaño de cabras y otro de ovejas, podía reunir con solo echar al aire un poco de maíz: muchas gallinas, muchos pollos, guajolotes, cerdos y hasta conejos. Algunas gallinas eran seguidas por sus pequeños hijos.
En una ocasión nos dijo mi tío abuelo: “Para la próxima vez que vengan, si hay chivitos cuates nos comemos uno”. Como le dijera yo que la carne casi no me agrada, y menos la de chivo, me dijo lo siguiente: “No te gusta la carne de chivo porque no has visto a Dios en calzón blanco”. Me dio a entender que porque no he sabido lo que es verdaderamente padecer hambre.
En mi pueblo hubo personas que poseían rebaños de cabras. A la cabra más robusta le colgaban del pescuezo un cencerro.
El pastor que cuidaba el rebaño, se protegía de la lluvia con una capa formada con palmas de tal manera que el agua escurría fácilmente. A esa capa le llamábamos “capisayo”.
Hace años en mi pueblo morían con cierta frecuencia niños recién nacidos. La gente adulta moría poco, y casi siempre quienes morían eran personas de avanzada edad.
Cuando un adulto agonizaba, se tocaba una campana de la parroquia destinada para eso. Se daban lentamente campanadas de nueve en nueve cuando agonizaba un hombre, o de ocho en ocho, si quien agonizaba era mujer. Se decía entonces que tocaban “Agonías”.
También se tocaban las campanas cuando había vientos fuertes o nubarrones negros que obscurecían el cielo presagiando tempestad, y cuando se oía zumbar la granizada por los cerros. A ese toque de campanas se le llamaba “Rogación”.
Cuando había tempestad también se acostumbraba quemar palmas de las que dicen que bendicen el domingo de ramos.
Las campanas que se tocaban en ambos casos eran de tamaño mediano, pero su sonoridad era inconfundible, y no era cosa de golpetearlas, había que saber hacerlo.
Cuando se tocaban “Agonías” o “Rogación”, al combinarse el sonido de las campanas con los ruidos o el silencio de la naturaleza, me dejaba yo envolver en una sabrosa sensación de tristeza y de misterio.

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