En un campo cayó a tierra una semilla, quizá llevada por un rumiante, por
una avecilla o tal vez por el viento.
La semilla germinó ayudada por la humedad de la tierra y por el calor del
sol.
No sabemos cuándo sucedió eso, pero seguramente hace muchos lustros. La
semilla se convirtió en arbolito cuando brotaron sus primeras hojas, y poco a
poco el arbolito se convirtió en un árbol grande.
Sus ramas fueron merecidas por el viento, y con ellas, alguno que otro nido
que sirvió de cuna a tiernos polluelos, que más tarde se convirtieron en
pájaros voladores.
Pasaron años y más años y el árbol cumplía con la encomienda de purificar el
aire; de atraer la lluvia; de ser refugio de aves, reptiles, insectos y
roedores; de producir semillas; así como de adornar el campo con sus ramas
verdes.
Pero como todo ser vivo, cumplió su ciclo y murió; igual que otros muchos
árboles, murió de pie; afortunadamente escapó de las hachas asesinas, pero
murió al fin.
Aun sin vida, sirvió para que otras avecillas formaran sus nidos en el
interior de los huecos que los pájaros carpinteros dejaron en su tronco muerto.
Hoy 15 de mayo de 2008, el fuerte viento que sopló esta mañana tiró parte
de lo que fueron sus ramas; pronto todo él se convertirá en polvo que
fertilizará la tierra, y en ese lugar quizá germine otra semilla, igual o
diferente de la que nació él, y habrá otro árbol en su lugar.
Aun después de muerto seguirá siendo generoso.
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TOMADO DEL LIBRO “MIS RECUERDOS”, ESCRITO POR EL POFR.
RAFAEL MARTÍNEZ MORALES, DE IXHUACÁN DE LOS REYES. SE REPRODUCE ACONTINUACIÓN
LA PÁG. 97
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