Sergio Madrigal
Hace pocos años, mi hijo más pequeño llegó hasta mí desesperado, confundido y muy enojado diciendo, papá ¿por qué todo tiene que costar dinero? En verdad, aunque sabía el motivo de su desánimo, me quedé pasmado ante su pregunta pues nunca pensé que un niño de seis años pudiera estar padeciendo los estragos de una sociedad capitalista, de manera consciente, por tanto sólo pude responderle que así era la forma en que la sociedad había decidido organizarse para crecer. Se quedó callado, luego masculló algo y se fue cabizbajo.
¿Sabes? Creo firmemente que el modelo de sociedad que hemos desarrollado, basada en el imperio del dinero, está llegando a su fin y, aunque pueda parecerte absurdo lo que digo y lo que voy a plantear, si lo piensas un poco, es posible que me des la razón o sientas, incluso, que me quedé corto.
Muchos de los valores con los que crecí y, seguramente, crecieron la mayoría de las personas de mi generación, se han ido haciendo a un lado abriéndole paso al dinero. El respeto, el amor, la solidaridad, la lealtad, la justicia, etc., se han ido escabullendo hacia el cajón del dinero. Sin embargo, nos es muy difícil comprender los por qué de tal situación. Tengo una tesis al respecto…
Cuando el ser humano apenas andaba en los pañales de la civilización, cuando nos juntábamos apenas en clanes y hordas, había un personaje cuyas capacidades de observación sobresalían de las de los demás. Así, podía predecir con bastante exactitud cuándo llovería, cuándo habría viento, el poder curativo de algunas plantas, los efectos sicológicos de los rituales en las personas de su clan, los senderos a recorrer para llegar algún sitio donde, seguramente, habría agua, etc., y le creímos y le llamamos brujo. Este personaje, por tanto, poseía un gran poder e influencia sobre la gente.
Con el devenir de las sociedades más complejas y numerosas, dicho poder hubo de ser compartido con otra figura que pudiera ejercer el poder político pero que dejara en sus manos el poder del conocimiento oculto de las cosas y fenómenos. Así, el poseedor del poder político era ungido, por el brujo, bajo el entendido que, sólo él podía invocar a los dioses para que cierta persona fuera bendecida por ellos para ocupar el trono, y lo creímos y lo llamamos rey.
Hoy día, seguimos padeciendo a este personaje inicial desdoblado en cuatro formas: el médico, el abogado, el cura y el político.
Si pones atención, los cuatro nos hablan con idiomas incomprensibles, entre los cuatro dominan el mundo dictando sentencias de blanco o negro: el médico, aparte de escribir con garabatos incomprensibles, utiliza siempre términos que nos indican que no hay más que dos caminos, o salvarnos la vida o morirnos; el abogado, utilizando sus términos legaloides nos sentencia a la libertad o la privación de la misma; el cura, basado en la interpretación de sus libros sagrados y contradictorios, nos condenan al cielo o el infierno y; finalmente, el político, con sus discursos retóricos y llenos de falsedades que presentan como verdades, nos condenan a la redención de la sociedad, a partir de ellos, o al caos social, sin ellos, por supuesto.
Sin embargo, lejos de sus aparentes actividades y formas discursivas y condenatorias, existe un elemento unificador en todos ellos, la ambición por el dinero y, al parecer de la misma sociedad que los ha encumbrado y empoderado, no hay escapatoria, o estás con ellos o “dejas de existir”.
No tienes por qué creerme, pero podrías, para salir de dudas, darte una vuelta por tu cuadra lo cual te serviría, aparte de conversar y conocer a tus vecinos, para enterarte de cuánta gente sigue enferma de algún padecimiento por no tener dinero suficiente para ir con un doctor; cuánta gente tiene familiares detenidos en la cárcel por falta de recursos para pagar a un abogado; cuánta gente ha sido decepcionada por los políticos en turno que sólo pidieron su apoyo económico y moral para su campaña y jamás volvieron y; cuánta gente vive atemorizada por no haber tenido para dar una limosna en la última misa de domingo. De nueva cuenta, tal vez te sorprendas.
Somos como niños, nos asusta el coco y nos sentimos indefensos o alegres cuando alguno de estos personajes dicta su sentencia pero, sobre todo, nuestro universo se nos derrumba cuando sabemos que una sentencia positiva depende, más que nada, de cuánto dinero podemos aportar a su “noble” causa.
¿Tú, que opinas?
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