Lucia Lodoño Palacio
1.1.1 LA MONTAÑA
La montaña y el hombre forman una comunidad equilibrada y armónica en las obras latinoamericanas. Allí es donde tal vez se encuentra esa perfecta comunicación entre el hombre y la naturaleza, donde nace un sentimiento de unidad que sólo existe entre el alma del indígena y la inmensidad de la cordillera. La montaña para el indio tiene un valor religioso, pues es grande, silenciosa y solitaria; esta idea la desarrolla Alcides Arguedas en su obra “Raza de bronce”, donde afirma que la cordillera es el único ser capaz de destruir la palabra humana, pues ese silencio infinito de la montaña logra opacar cualquier ruido que el hombre pueda generar.
(Perú)
· En la obra general del peruano José María Arguedas aparece también el misterio de los cerros como si fueran dioses indios; allí, los elementos que integran la visión sagrada del universo sólo se encuentran presentes en la naturaleza: la tierra es fecunda porque es la encargada de acoger y nutrir; el agua es el signo de la vida; los animales son criaturas dispensadoras de calor; la música, como elemento de la naturaleza, es el único medio que tiene el hombre para expresar el dolor y la alegría, llegando a su apoteosis a través del canto y la danza. Frente a tanta grandeza, el hombre es apenas una pequeña criatura que se encuentra y se reconoce en el paisaje cercado por montañas. En su novela “Todas las sangres”, Arguedas expresa diversos mitos, como el de la necesidad que tiene el hombre de extraer las riquezas de la tierra, el cual significa la sabiduría y la esperanza, como reconocimiento de la fortaleza humana frente a la inmensidad de la montaña.
Alrededor de la montaña hay también muchas historias, comenzando por el mito griego de “Sísifo”, ese hombre condenado a subir a la cima de una montaña una gran roca de mármol y, cuando ya creía que estaba en la cumbre, la roca resbala y cae a lo más bajo de la colina, teniendo que empezar de nuevo su hazaña. En “La montaña mágica”, novela del alemán Thomas Mann, la montaña es el símbolo de la forma en que el ser humano va enfrentando la vida, convencido de que lo está haciendo de una manera ascendente.
1.1.3 LA PAMPA
Dice el gaucho Artigas, el caudillo uruguayo, que la tierra no debe tener dueño, así como tampoco lo tiene el aire. En las obras gauchescas que se encargan de describir la pampa se muestra siempre el mismo escenario, esa región natural y uniforme ubicada entre Argentina, Uruguay y una pequeña región del Brasil; es decir, la región del Plata, donde el hombre puede demostrar no sólo su valentía sino también su libertad, mostrar que es un ser totalmente desvinculado de la civilización. El hombre que crece en esta región, es un ser vagabundo sin patrón ni ley, cerrado a aceptar la industria agrícola, pues es como el paisaje: un ser agreste y taciturno que no tiene límites sino horizontes, vive para el campo y ni se le pasa por la mente irse a vivir a la ciudad. Dos ejemplos de esta literatura son el poema “Martín Fierro” del argentino José Hernández y “Don Segundo Sombra” del también argentino Ricardo Güiraldes.
Como personajes naturales, en literatura se describen otros paisajes como el desierto; es el caso “Pedro Páramo” del mexicano Juan Rulfo y en general las obras del francés Antoine de Saint-Exupéry. El piedemonte, esa zona que sirve como límite entre la montaña y la llanura, con Joao Guimaraes Rosa en “Gran Sertón: Veredas”. La zona costera aparece en las obras de los colombianos Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivilla así como en “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway… Pero, volvamos a la mitología y miremos cómo nacieron las semillas…
1.2 LAS SEMILLAS
(Australia)
· Según un mito de los aborígenes de Aranda, en Australia central, la tierra al comienzo era una llanura desierta y oscura. Todo yacía bajo ella: el sol, la luna, las estrellas, la vida, la muerte y nuestros antepasados eternos. Un día, estos elementos despertaron de su eternidad y salieron a la superficie; unos tenían forma de animales (canguros, emúes y lagartos), otros tenían forma humana.
Deambulando por la tierra, se encontraron con unos bultos informes que yacían desordenadamente cerca del agua de los lagos y los mares; eran personas que permanecían dobladas sobre sí mismas, como bolas, con formas vagas y sin concluir, sin brazos, sin piernas, ni rasgos característicos. Los antepasados comenzaron a tallar los bultos y les dieron forma humana; primero les hicieron la cabeza y el cuerpo, luego los brazos y las piernas y, por último, esculpieron los rostros, las manos y los pies, hasta que por fin los seres humanos quedaron acabados.
Ya que la vida de estos hombres era la vida misma, ellos debían retribuir este don creando más vida. Se formó un tótem y viendo la necesidad de un alimento que asegurara su subsistencia, se dedicaron a inventar las semillas, utilizando trozos de tierra mezclados con los residuos de las boronas que habían sobrado cuando ellos mismos fueron tallados; así nacieron las semillas de hierba, de ciruelo y de todas aquellas plantas que dan al hombre su alimento. Concluida su misión, los antepasados regresaron a la eternidad y, a través del sueño, volvieron a yacer bajo la tierra; allí donde se enterraron se transformaron en piedras o en árboles, dejando para siempre la sagrada huella de su presencia.
Para los aborígenes australianos, el Tiempo del Sueño no reside únicamente en el lejano pasado, sino que es el Ahora Eterno y, todavía aseguran que entre latido y latido puede surgir otra vez. El concepto de vida que aparece en este mito es cíclico; una de las funciones de su existencia es la de seguir dando vida y, el más grande instrumento para tal fin es el hombre, pues es el encargado de preservar todo aquello que sobre la faz de la tierra, palpite.
El origen de cualquier forma de vida es una semilla, sea humana, animal o vegetal; en relación con la continuidad de la vida vegetal, el ser humano tiene que contribuir a dar vida y, la mejor forma de hacerlo es a través del cuidado y la siembra de esas semillas que al mismo tiempo le retribuyen con la posibilidad de vivir. Revisemos ahora una leyenda latinoamericana:
(Perú)
· La divinidad principal entre los indígenas peruanos es Pachacámac, el hijo del sol, hacedor del mundo y de la vida; como tal, creó a un hombre y a una mujer en los arenales de Turín. Esta primera pareja no tenía nada que comer y entonces el hombre murió de hambre; la mujer desesperada se agachó a escarbar la tierra en busca de raíces y, en ese momento, el sol decidió entrar en ella, engendrándole un hijo.
El dios Pachacámac celoso del sol, atrapó al recién nacido y lo descuartizó; luego se arrepintió, pues temía la reacción de cólera de su padre; tomó los pedazos de su hermano y los regó por todo el mundo. Fue entonces cuando de los dientes del muerto brotaron los granos del maíz, la yuca nació de las costillas y los huesos, la sangre fue la encargada de hacer fértil la tierra y, de la carne sembrada crecieron los árboles, los arbustos y todas aquellas plantas que dan frutos.
En ambas historias, las semillas nacen de carne humana; en la historia australiana, eran los residuos que habían caído cuando los primeros seres fueron tallados; en la peruana, los trozos de carne son esparcidos para fertilizar la tierra. Podemos entonces decir, si nos ceñimos a ambos mitos, que el origen de las semillas le pertenece al ser humano.
Según la biología, los organismos vivos surgen de otro ser semejante a ellos mismos, recorren un ciclo de desarrollo individual y producen otros seres que les son semejantes. Igual ocurre con el mito cristiano, cuando Yavé, después de haber creado a Adán, resuelve buscar para él un ser semejante; forma entonces a la mujer de la costilla del hombre, “Esta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”, dice ese primer hombre. Efectivamente, es la vida y sólo ella la que puede otorgar vida a otro ser singular, esa primera mujer que es la semilla del mundo de los hombres. Veamos ahora el nacimiento de las plantas…
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