¿Limpiemos México?
La celebración del Día Mundial del Medio Ambiente va a confrontar dos tipos de discurso : el de los tres niveles de gobierno, que nos recetarán discursos autocomplacientes y el de los activistas, que denuncian la simulación, corrupción e impunidad que prevalece entre servidores públicos y verdaderos depredadores de la naturaleza, léase empresarios y fraccionadores.
Si bien en materia de leyes y reglamentos se presume que la más mínima alteración del medio ambiente (aire, agua, tierra, plantas y animales) podría configurar delitos ambientales graves, los mismos servidores públicos municipales, estatales y federales –salvo excepciones-, hacen a un lado la normativa para lucrar con el entorno.
Limpiemos México, pero de ese tipo de funcionarios que llegan a los cargos para hacerse ricos mientras dura su mandato, pues a ellos no les importa ni su familia, ni su comunidad, ni su país.
Otro tanto hacen en perjuicio del medio ambiente, abogados y legisladores que tuercen la ley para que empresarios rapaces lucren con la tierra, ríos y bosques, dejando sin castigo la contaminación que provocan y la alteración del clima.
Afortunadamente, cada vez son más las y los ciudadanos que dejan su condición de espectadores y que tratan de poner límites a la voracidad de empresas y gobiernos.
No sin riesgos, pues hasta órdenes de aprehensión se giran en contra de luchadores ambientalistas, la gente empieza a manifestarse por los abusos de empresas de telefonía celular, como en San Marcos; contra el saqueo de recursos naturales por parte de poderosas empresas cementeras, como en Apazapan; contra la contaminación de aire y la perforación indiscriminada de pozos de agua en el Valle de Perote, por Granjas Carroll; contra la desaparición del predio La Joyita, en Xalapa, por el apetito comercial que le despierta a la riquísima familia de los Fernández; contra el ecocidio que avalan el alcalde Coatepec y la Sedesma en Tecoxolco y Zoncuantla, para favorecer a fraccionadores; contra la contaminación y falta de agua en pueblos de Emiliano Zapata.
Se trata, en todos los casos, de movimientos ciudadanos espontáneos y bien intencionados, aunque desarticulados y sin respaldo legal o asesoría especializada para hacer frente a mañosos funcionarios e influyentes despachos de abogados, que se alían a legisladores y servidores públicos corrompidos por el dinero y la política.
Limpiemos México, pero de esa casta de funcionarios y empresarios que privatizan lo que es de todos; que ensucian aire, agua y tierra con la complacencia de los tres niveles de gobierno; que se adueñan de ricas hectáreas de bosque, áreas protegidas, ríos y manantiales; que rompen el equilibrio natural, saquean sus recursos, exprimen a la gente y abandonan el sitio cuando ya no hay nada que vender.
Si los ciudadanos no protestamos, corremos el riesgo de que hijos y nietos nos reclamen por cobardes, si no hacemos contrapeso a la voracidad de empresas, ligada a la corrupción de gobernantes.
La celebración del Día Mundial del Medio Ambiente va a confrontar dos tipos de discurso : el de los tres niveles de gobierno, que nos recetarán discursos autocomplacientes y el de los activistas, que denuncian la simulación, corrupción e impunidad que prevalece entre servidores públicos y verdaderos depredadores de la naturaleza, léase empresarios y fraccionadores.
Si bien en materia de leyes y reglamentos se presume que la más mínima alteración del medio ambiente (aire, agua, tierra, plantas y animales) podría configurar delitos ambientales graves, los mismos servidores públicos municipales, estatales y federales –salvo excepciones-, hacen a un lado la normativa para lucrar con el entorno.
Limpiemos México, pero de ese tipo de funcionarios que llegan a los cargos para hacerse ricos mientras dura su mandato, pues a ellos no les importa ni su familia, ni su comunidad, ni su país.
Otro tanto hacen en perjuicio del medio ambiente, abogados y legisladores que tuercen la ley para que empresarios rapaces lucren con la tierra, ríos y bosques, dejando sin castigo la contaminación que provocan y la alteración del clima.
Afortunadamente, cada vez son más las y los ciudadanos que dejan su condición de espectadores y que tratan de poner límites a la voracidad de empresas y gobiernos.
No sin riesgos, pues hasta órdenes de aprehensión se giran en contra de luchadores ambientalistas, la gente empieza a manifestarse por los abusos de empresas de telefonía celular, como en San Marcos; contra el saqueo de recursos naturales por parte de poderosas empresas cementeras, como en Apazapan; contra la contaminación de aire y la perforación indiscriminada de pozos de agua en el Valle de Perote, por Granjas Carroll; contra la desaparición del predio La Joyita, en Xalapa, por el apetito comercial que le despierta a la riquísima familia de los Fernández; contra el ecocidio que avalan el alcalde Coatepec y la Sedesma en Tecoxolco y Zoncuantla, para favorecer a fraccionadores; contra la contaminación y falta de agua en pueblos de Emiliano Zapata.
Se trata, en todos los casos, de movimientos ciudadanos espontáneos y bien intencionados, aunque desarticulados y sin respaldo legal o asesoría especializada para hacer frente a mañosos funcionarios e influyentes despachos de abogados, que se alían a legisladores y servidores públicos corrompidos por el dinero y la política.
Limpiemos México, pero de esa casta de funcionarios y empresarios que privatizan lo que es de todos; que ensucian aire, agua y tierra con la complacencia de los tres niveles de gobierno; que se adueñan de ricas hectáreas de bosque, áreas protegidas, ríos y manantiales; que rompen el equilibrio natural, saquean sus recursos, exprimen a la gente y abandonan el sitio cuando ya no hay nada que vender.
Si los ciudadanos no protestamos, corremos el riesgo de que hijos y nietos nos reclamen por cobardes, si no hacemos contrapeso a la voracidad de empresas, ligada a la corrupción de gobernantes.










