18 de octubre de 2013
GUERRA SUCIA
Se cumplen 45 años de la masacre del movimiento estudiantil y popular, ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en la ciudad de México, el 2 de octubre de 1968.
De entonces a la fecha el rostro del Estado Mexicano, sus instituciones y la propia sociedad se han venido transformando, aunque con avances insuficientes en la democratización de la vida pública.
De un régimen de partido único pasamos a un sistema de representación plural, incluso con una primera alternancia en la presidencia de la república, pero que sólo deja buenos dividendos a una partidocracia que se pelea en público y se arregla en lo oscurito, al estilo del Pacto por México.
En cambio, diversas fuerzas políticas en zonas rurales, urbanas e indígenas, siguen debatiendo durante las últimas cinco décadas, si el cambio que necesita México se logrará por la vía parlamentaria o a través de una nueva revolución.
Los sucesivos gobiernos de la república, de López Portillo para acá, comenzaron a ceder ante el embate de la globalización de la economía y se han ajustado a los planes neoliberales, obligándose incluso ante el capital criollo y transnacional, a destrozar los artículos sustanciales de nuestra Carta Magna, con la promesa de que por ese camino llegaremos a ser del Primer Mundo.
Además, sexenio tras sexenio, los mexicanos vemos con indignación y frustración colectiva, cómo la clase política duerme con el enemigo en casa, al someterse a los intereses y al poder fáctico que representan las dos grandes televisoras del país, Televisa y TV Azteca, el verdadero peligro para México.
Pero lo que no ha cambiado en todos estos años, es el uso del poder y las instituciones para eliminar a los adversarios del sistema, mediante la operación de instrumentos y estrategias para contener el descontento popular y descabezar los movimientos sociales.
La tortura, la persecución, la desaparición forzada, el espionaje telefónico, la infiltración de organizaciones, la compra de medios de comunicación y periodistas e incluso la represión y la masacre, como en Tlatelolco o Atenco, son parte del inventario gubernamental para silenciar, dividir y atemorizar.
Se le llama guerra sucia y en la actualidad adquiere formas de expresión más sofisticadas, pues mientras en los 60’s y 70’s se planeaba “en los sótanos de la política”, ahora se justifica bajo el nombre de costosos sistemas de espionaje, monitoreo y “control de daños”, que operan a costa del erario.
En 2010 se pensaba que el pueblo mexicano dejaría de ser ciego, sordo y mudo, evocando las luchas libertarias y revolucionarias de 1810 y 1910; y que en 2012 los jóvenes Yo Soy 132 harían su parte, empoderados con el uso de las redes sociales; ahora, 45 años después del 68 la pregunta es si son los maestros los nuevos actores políticos, que al margen de sindicatos y partidos, se convertirán en la punta de lanza para la nueva hazaña que requiere nuestro país.
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