EN EL CASO DE LOS DAÑOS QUE AFECTAN A LA PARROQUIA DE LA
ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA
Antonio H. Jiménez
Me apropio de esta conocida frase, muy usada por el distinguido abogado, político, escritor y polemista don Aquiles Alordui (1876-1964), para “meter mi cuchara” en un tema que, al parecer, tiende a ponerse más y más candente. Me propongo, pues, dar a conocer, a través de la palabra escrita, mis muy personales puntos de vista en torno al problema que se vive, en estos días otoñales, a causa de lo que parece ser una nueva acometida en perjuicio del centenario TEMPLO PARROQUIAL, ese magnífico edificio religioso que, por decreto de la Autoridad Eclesiástica, se halla puesto bajo la advocación de la Virgen María.
Es alentador el observar que, en esta ocasión, el grueso del pueblo teocelense ha roto al fin su tradicional silencio para, en cambio, manifestar sin cortapisas una justa inconformidad ante un proyecto que –caso de llevarse a cabo– podría redundar en gravísimo daño en perjuicio del más emblemático de los MONUMENTOS HISTÓRICOS existentes todavía en esta Cabecera del Municipio de Teocelo, Veracruz.
La excelente nota periodística de la reportera Karla Cancino, que publicó Diario de Xalapa el lunes 22 de octubre (primera plana y página 9-A) amén de otras informaciones aparecidas posteriormente en el mismo citado periódico, así como las opiniones de la comunidad a través de la frecuencia de “RADIO TEOCELO” sin duda alguna que están contribuyendo fuertemente a la divulgación de un proyecto que, al parecer, se deseaba mantener en el sigilo…
Sin embargo, no se piense, por favor, que al reaccionar en defensa legítima del templo parroquial los dardos se disparan sólo en contra de la persona del presbítero José Luis Castillo Viveros, con la pretensión de convertirlo en todo un “chivo expiatorio”… Es preciso recordar que, ya en el primer número de la Revista Teocelo –¡hace la friolera de 27 años! – fue publicado un artículo bajo el título: “ESE GRAN CRÍMEN CONTRA EL TEMPLO” en dónde se puede leer “… que la construcción que se yergue majestuosa mirando hacia el poniente, constituye un invaluable legado que la generación actual –y las futuras– debemos de conservar y cuidar de TODO INTENTO DE ‘MODERNIZACIÓN’…”. ¡Y todo esto viene al caso porque cuando salieron a la luz pública los acertados comentarios de la Revista Teocelo No.1, ya el tempo parroquial, legítimo orgullo de los teocelanos, había sido víctima de daños irreparables debidos al brazo implacable del señor Cura Francisco Juárez (EPD) a quien debemos –entre otros muchos daños– la demolición (con un camión de volteo) del Altar mayor; la destrucción del hermoso comulgatorio de mármol; varios retablos valiosos convertidos en astillas; el recién estrenado púlpito de granito (donado a la Parroquia por los operarios de “La Merced”) hecho añicos y botado… etc.
Empero lo más lamentable de todo esto es que, a casi 30 años (así como suena) de que circuló el articulejo que se comenta, todo parece indicar que, en materia de daños en perjuicio del templo, las cosas “van de mal en peor”… Las hazañas del P. Juárez parece que “hicieron escuela”, de suerte que varios de los señores Curas designados por la Mitra veracruzana para apacentar a la grey teocelense, a poco de ocupar la sede, parece que comienzan a sufrir los efectos de un tenaz prurito que fomenta en los señores eclesiásticos algo así como un impulso irresistible de salir a “romper lanzas” en contra del proyecto primitivo, es decir del que fue concebido y ejecutado bajo la vigilancia del venerable “ARQUITECTO DE DIOS”, el digno sacerdote don AMBROSIO DÍAZ GONZÁLEZ, quien en 1872 llegó a Teocelo ostentando el carácter de Vicario, y que poco después “convocó a los vecinos y les propuso el proyecto de construir un templo de mayores dimensiones y de mejor arquitectura…”. Dicho sea de paso, en septiembre de 1874 “la vicaría de Teocelo quedó desmembrada de Xicochimalco y se elevó a la categoría de “PARROQUIA”, de donde resulta que el P. Ambrosio Díaz tuvo el honor –muy merecido– de ser el primer Cura párroco.
Una estimable familia de la localidad conserva el original de una invitación que dice: “El 2 de Febrero a las 11 de la mañana, se bendecirá la torre y colocarán las campanas. Espero de su bondad apadrinar este solemne acto, por cuyo favor le viviré siempre reconocido. Ambrosio Díaz. Teocelo, enero 30 de 1878”. ¡Un valioso documento histórico!
¡Con cuánta razón afirma la respetuosa carta que, en fecha muy reciente, se dirigió al Párroco José Luis Castillo Viveros (véase Diario de Xalapa de oct. 25/2012, p. 9-B): “… el destrozar, aunque sea en mínima parte, el espeso muro del brazo sur del transepto parroquial constituiría UN IMPERDONABLE ATENTADO por tratarse de un MONUMENTO que actualmente todos debemos considerar UNA RELIQUIA INTOCABLE atendiendo no únicamente a su antigüedad, sino también a sus inmensos méritos artísticos y al extenso listado de deterioros que la naturaleza y la mano irresponsable de muchos le han ocasionado a lo largo de 130 años”!
A propósito de este (al parecer) inacabable problema (no exclusivo de Teocelo, ¡conste!), pido a los lectores que se me permita evocar el recuerdo del eminente arquitecto nacido en Teocelo, don ARMANDO BRAVO Y RAMÍREZ (1907-1969), quien en repetidas ocasiones tuvo a bien comentarme cuán doloroso e indignante le resultaba la recepción de noticias acerca de la bárbara destrucción del patrimonio inmobiliario de los veracruzanos representado por numerosos inmuebles históricos de los siglos XVI A XIX. Al sabio arquitecto –avecindado en la ciudad de Coatepec desde su niñez– le dolía profundamente la participación de muchos miembros del Clero católico en la acción destructora de no pocos templos de gran mérito por su singular arquitectura, y todo ello obedeciendo torpemente a un erróneo afán MODERNIZADOR…
El señor arquitecto Bravo y Ramírez sostenía que dichas acciones tal vez irreflexivas (¿o quizá irresponsables?) solamente se podrían explicar ante la ausencia, dentro del Plan de Estudios vigente en el ilustre Seminario Diocesano de Xalapa, de una materia que bien podría designársele como “ARQUITECTURA RELIGIOSA”. Materia tan necesaria e imprescindible para los futuros sacerdotes como lo es, digamos, la Teología, la Filosofía, la Patrística, la Historia de la Iglesia, la Apologética, etc, etc.
Estas reflexiones y esta gran preocupación que tanto afectaba el ánimo de don Armando fue expuesta por el propio arquitecto a Monseñor Manuel Pio López, a quien prometió ocuparse personalmente en la formulación de un adecuado plan de estudios y, sobre todo, de la impartición de las cátedras sin percepción de emolumentos.
Desgraciadamente la salud de Armando Bravo, el benefactor de pueblos, quebrantada desde tiempo atrás, continuó declinando más y más, hasta desembocar en el sentido deceso de tan ilustre varón (18 de enero de 1969)… ¡Oh si este gran proyecto hubiese tenido feliz realización, quizá ahora no estaríamos inmersos en este penoso conflicto semejante a un casus belli!
(continuara...)
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