23 de septiembre de 2009

Editorial 43

Otro grito para ser libres

No basta poner la bandera tricolor en casa o en el automóvil para presumir que somos muy mexicanos, y menos con dar el grito la noche del 15 o vestir el traje de china poblana o de charro para hacernos creer que somos libres e independientes.

En el mes de la patria –a 199 años de la gesta heroica de Hidalgo, Morelos, Allende, Abasolo y Josefa Ortiz de Domínguez-, el recuento deja ver que la historia oficial siempre se acomoda a los intereses de los gobiernos en turno, para fomentar un falso fervor patrio.

Por coincidencia, estamos en la antesala del Centenario de la Revolución y del Bicentenario de la Independencia, sucesos que el próximo 2010 podrían despertar otra vez la sed de justicia, pero ahora de más de 100 millones de mexicanos.

De un lado tenemos a 25 ricas familias que se adueñaron de todo, con ayuda de los gobiernos, y del otro a una nación de pobres ciudadanos, convertidos en simples consumidores y votantes.

Durante todo este tiempo, dos siglos van a cumplirse ya, nuestros criollos gobernantes castraron los sueños libertarios y de revolución social, creando instituciones que adormecen, doman, domestican la capacidad de indignación y de rebeldía que nos es natural a las personas.

Afortunadamente cada vez son más los mexicanos que pierden el miedo y aun arriesgando su propia seguridad y hasta la de su familia, dejan de ser ciegos, sordos y mudos, para dar el verdadero grito, ese que desgarra el silencio. Ese que nos despierta

Los verdaderos cambios que requiere la Nación no podrán salir de los acuerdos entre diputados y senadores y menos de la pequeña cabeza de los que nos gobiernan, pues antes al contrario unos y otros se asocian con los dueños del dinero para retardar por más tiempo nuestros anhelos de independencia, paz con justicia, democracia, desarrollo y equidad.

Es desde abajo, desde la entrañas de nuestros pueblos y comunidades, desde donde debe comenzar la refundación de esta gran Nación que ha querido ser México, en un concierto internacional de por sí agresivo, que demanda ciudadanos libres y capaces, ya no dispuestos a arrodillarse a partidos y gobiernos y menos al imperio, que hagan valer los gritos de millones de desarrapados.

Más que partidos y candidatos, necesitamos líderes naturales que acompañen procesos de autogestión y autogobierno, para ensayar nuevas formas de organización y dirección de la cosa pública.

A la larga, ese intento perdurará y será incluso un esfuerzo más patriótico y auténtico, que envolverse en el pabellón para lanzarse al despeñadero.

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