Volver a Sembrar
2009 no sólo trae a nuestros pueblos y comunidades los efectos de una inédita recesión económica mundial y la falta de alimentos, sino además una guerra entre partidos por el control político del Poder Legislativo.
Aún cuando el ciudadano común ya no cree en los partidos ni en los políticos, y pronto el abstencionismo demostrará la aseveración, lo que ya empezamos a ver es el cinismo y la impunidad con que servidores públicos municipales, estatales y federales usan los recursos públicos para promocionar a sus partidos y candidatos.
Hay de todo: uso de los programas estatales y federales para lucrar políticamente con las necesidades de un pueblo pobre y analfabeta; invasión de espacios y edificios públicos con lemas, colores y uniformes de quienes gobiernan; tibieza u omisión de órganos electorales para castigar a los actores políticos que burlas leyes en la materia; medios de comunicación que hacen el caldo gordo a políticos metidos de funcionarios y a funcionarios queriendo regresar al negocio de la política, y que llenando sus espacios con propaganda barata, se llenan las bolsas de dinero público.
El proceso electoral que está en puerta todavía tendrá como destinatarios cautivos a ciudadanos indolentes, acostumbrados al regalo y a que papá gobierno les reparta migajas de una riqueza nacional acaparada por unos cuantos.
La cultura política del mexicano promedio aún no tiene los tamaños para descubrir el juego perverso de los partidos y de los políticos, que hoy se despedazan en público pero que mañana comen y beben juntos para tener a millones de desarrapados como carne de cañón para posteriores batallas por el poder y el dinero.
Dicen que el 2010 –como en 1810 y 1910- se darán las condiciones objetivas y subjetivas para que México cambie, para que pase algo grande, pero no habrá que esperar en el cómodo sofá a que la fecha cambie mágicamente las cosas.
Será la rabia e indignación de millones la que transforme –de abajo hacia arriba- a este país rico lleno de pobres, una rabia que se convertirá en estrategia no por el carisma de un líder o de un partido, sino como resultado de un proceso de toma de conciencia, organización y transformación ciudadana.
Hoy sin embargo vemos todavía a funcionarios haciendo las veces de operadores políticos, que con dinero público buscan mantenerse a como dé lugar bajo la ubre del presupuesto.
Se trata de servidores públicos del más alto nivel, pasando por gobernadores, diputados, senadores, alcaldes y legisladores locales de todos los credos, colores y siglas partidarias.
Este año nos van a reciclar sus propuestas y promesas de campaña, denostando a los contrarios, regalando lo que no es suyo, estrenando nuevas estrategia mediáticas y desviando recursos de programas allá donde las necesidades sean rentables políticamente.
Como se ve, ahora no son el robo de urnas o la compra de votos lo que más resta credibilidad a los procesos electorales, sino el cinismo y la impunidad con esas y muchas cosas más se están haciendo ya, incluso antes de los tiempos oficiales, sin que nadie castigue conductas y excesos de actores políticos de todos conocidos.
Claro que nada de esto pasaría, sin por principio de cuentas los ciudadanos dejáramos de ser ciegos, sordos y mudos.
Si bien no podemos arreglar los males del mundo o de la Nación entera, al menos ocuparnos y preocuparnos de lo local y lo regional, será un gran aporte para recuperar lo que otros mexicanos empezaron a soñar, hace 100 y 200 años. Una elección más, como la que está en puerta, no resolverá carencias y rezagos ancestrales. Se requiere un corte de raíz. Volver a sembrar.
Aún cuando el ciudadano común ya no cree en los partidos ni en los políticos, y pronto el abstencionismo demostrará la aseveración, lo que ya empezamos a ver es el cinismo y la impunidad con que servidores públicos municipales, estatales y federales usan los recursos públicos para promocionar a sus partidos y candidatos.
Hay de todo: uso de los programas estatales y federales para lucrar políticamente con las necesidades de un pueblo pobre y analfabeta; invasión de espacios y edificios públicos con lemas, colores y uniformes de quienes gobiernan; tibieza u omisión de órganos electorales para castigar a los actores políticos que burlas leyes en la materia; medios de comunicación que hacen el caldo gordo a políticos metidos de funcionarios y a funcionarios queriendo regresar al negocio de la política, y que llenando sus espacios con propaganda barata, se llenan las bolsas de dinero público.
El proceso electoral que está en puerta todavía tendrá como destinatarios cautivos a ciudadanos indolentes, acostumbrados al regalo y a que papá gobierno les reparta migajas de una riqueza nacional acaparada por unos cuantos.
La cultura política del mexicano promedio aún no tiene los tamaños para descubrir el juego perverso de los partidos y de los políticos, que hoy se despedazan en público pero que mañana comen y beben juntos para tener a millones de desarrapados como carne de cañón para posteriores batallas por el poder y el dinero.
Dicen que el 2010 –como en 1810 y 1910- se darán las condiciones objetivas y subjetivas para que México cambie, para que pase algo grande, pero no habrá que esperar en el cómodo sofá a que la fecha cambie mágicamente las cosas.
Será la rabia e indignación de millones la que transforme –de abajo hacia arriba- a este país rico lleno de pobres, una rabia que se convertirá en estrategia no por el carisma de un líder o de un partido, sino como resultado de un proceso de toma de conciencia, organización y transformación ciudadana.
Hoy sin embargo vemos todavía a funcionarios haciendo las veces de operadores políticos, que con dinero público buscan mantenerse a como dé lugar bajo la ubre del presupuesto.
Se trata de servidores públicos del más alto nivel, pasando por gobernadores, diputados, senadores, alcaldes y legisladores locales de todos los credos, colores y siglas partidarias.
Este año nos van a reciclar sus propuestas y promesas de campaña, denostando a los contrarios, regalando lo que no es suyo, estrenando nuevas estrategia mediáticas y desviando recursos de programas allá donde las necesidades sean rentables políticamente.
Como se ve, ahora no son el robo de urnas o la compra de votos lo que más resta credibilidad a los procesos electorales, sino el cinismo y la impunidad con esas y muchas cosas más se están haciendo ya, incluso antes de los tiempos oficiales, sin que nadie castigue conductas y excesos de actores políticos de todos conocidos.
Claro que nada de esto pasaría, sin por principio de cuentas los ciudadanos dejáramos de ser ciegos, sordos y mudos.
Si bien no podemos arreglar los males del mundo o de la Nación entera, al menos ocuparnos y preocuparnos de lo local y lo regional, será un gran aporte para recuperar lo que otros mexicanos empezaron a soñar, hace 100 y 200 años. Una elección más, como la que está en puerta, no resolverá carencias y rezagos ancestrales. Se requiere un corte de raíz. Volver a sembrar.
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